Disciplina fiscal como única vía para la estabilidad cambiaria

Una medida urgente si se quiere frenar la depreciación del bolívar
Por La Nación Radio
La recurrente depreciación del bolívar en el mercado cambiario venezolano, que este lunes 13 de julio llegaba al 58,22% en lo que va de año, y las persistentes interrogantes sobre su evolución futura no constituyen un fenómeno aislado o meramente coyuntural, sino que reflejan un desajuste estructural en las finanzas públicas del país.
De acuerdo con un análisis publicado por el economista Asdrúbal Oliveros en su plataforma de Substack, la inestabilidad de la moneda local es la consecuencia directa de un desequilibrio fiscal subyacente que la política monetaria no ha logrado subsanar de manera definitiva.
A pesar de que el Ejecutivo nacional ha implementado recientemente una serie de medidas de carácter coyuntural —tales como el incremento de la oferta de divisas en el mercado financiero, la canalización de remesas en efectivo a través de la banca comercial y modificaciones operativas en los mecanismos de intervención—, el especialista destaca que estas acciones resultan insuficientes si no se ataca la raíz del problema.
“Son medidas positivas y he señalado públicamente que van en la dirección correcta. Pero también he insistido en que sería un error pensar que, por sí solas, resolverán el problema. El mercado cambiario venezolano lleva años enviando el mismo mensaje: la estabilidad del tipo de cambio no puede construirse sobre unas finanzas públicas desequilibradas”, sostiene Oliveros.
El tipo de cambio como reflejo de la confianza
El análisis del economista subraya que el debate público en Venezuela suele centrarse erróneamente en variables operativas como el volumen de las intervenciones del Banco Central de Venezuela (BCV), las fluctuaciones de las cotizaciones paralelas o los niveles de participación del sistema bancario en las subastas de divisas. Para el experto, esta aproximación es incompleta pues obvia el carácter sintomático de la tasa de cambio.
Según explica, el tipo de cambio opera fundamentalmente como un indicador del nivel de certidumbre institucional y económica de la nación, reflejando de manera directa “el nivel de confianza que existe sobre la economía y, especialmente, sobre la capacidad del Estado para financiar su gasto sin generar nuevas presiones monetarias o cambiarias”.
Respecto a este indicador, el precio del dólar oficial aumentó 139,35% en lo que va de año, al pasar la divisa de los 301,3709 Bs el dos de enero a los 721,3466 Bs el 13 de julio.
En este sentido, la persistencia de un gasto público que excede de manera sistemática los ingresos ordinarios del Estado genera una presión constante sobre el mercado. Ante un déficit fiscal no resuelto, los agentes económicos —tanto hogares como empresas— tienden a dolarizar sus excedentes o carteras para proteger la capacidad de compra de sus ingresos y preservar su patrimonio, lo que incrementa estructuralmente la demanda de divisas.
El impacto fiscal de la reconstrucción post-terremoto
La vulnerabilidad de la economía venezolana enfrenta un escenario de mayor complejidad debido a las implicaciones financieras derivadas de los recientes eventos telúricos. Oliveros señala que las labores de reconstrucción exigirán un esfuerzo fiscal de magnitudes sin precedentes para el país.
De acuerdo con las estimaciones preliminares del especialista, la reconstrucción de viviendas e infraestructura de carácter público requerirá un desembolso aproximado de US$ 2.500 millones, mientras que los costos totales asociados a la recuperación de las zonas afectadas podrían situarse en un rango de entre US$ 12.000 y US$ 15.000 millones. Estas cifras representan un reto macroeconómico mayúsculo si se contrastan con un Producto Interno Bruto (PIB) nacional estimado en unos US$ 110.000 millones, caracterizado además por un espacio fiscal severamente limitado.
La evidencia internacional corrobora esta perspectiva. Estudios citados por Oliveros, como las investigaciones del economista Ilan Noy, demuestran que los desastres naturales no solo destruyen infraestructura física, sino que erosionan de forma severa las cuentas fiscales y contraen el crecimiento potencial de economías con debilidad institucional. Asimismo, la economista Carmen Reinhart ha documentado que el impacto de estos choques macroeconómicos se amplifica significativamente en naciones con desequilibrios previos acumulados y restricciones de acceso a los mercados de financiamiento internacional.
En adición a estas referencias, un estudio publicado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 2024, que sistematiza datos de 177 países durante el período 1970-2019, concluye que tras un desastre natural, las economías emergentes con regímenes cambiarios administrados o flexibles registran depreciaciones de sus monedas de hasta un 6% promedio en los dos años subsiguientes. Este fenómeno viene acompañado de presiones inflacionarias inducidas por el incremento del gasto público de emergencia y el aumento de las importaciones de insumos de reconstrucción.
La urgencia de la disciplina fiscal
Aunque el reporte resalta la urgencia de aplicar correctivos en la política cambiaria —como el perfeccionamiento técnico de las subastas para aportar mayor transparencia y previsibilidad, la inclusión de mecanismos alternativos para facilitar el flujo de divisas y una estrategia de comunicación gubernamental mucho más robusta para orientar las expectativas del mercado—, se concluye que el ordenamiento de las cuentas del Estado es la única solución definitiva.
“Podemos perfeccionar las subastas, mejorar la comunicación económica y ampliar la oferta de divisas. Todo eso ayudará. Pero si el origen del problema permanece intacto, solo estaremos administrando los síntomas. La estabilidad cambiaria no se decreta ni se compra; se construye. Y siempre comienza por la disciplina fiscal”, concluye Oliveros.
De acuerdo con el análisis presentado, sin el respaldo de financiamiento externo, asistencia técnica de organismos multilaterales o una reestructuración integral del presupuesto del Estado, las presiones se trasladarán indefectiblemente al tipo de cambio, resultando en un debilitamiento del bolívar y en un consecuente impacto sobre el poder adquisitivo de la población.





