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De Bogotá a Venezuela: la ruta de la solidaridad que convirtió la ayuda humanitaria en gandolas rumbo a Caracas

Escrito por: Fundación Juntos Se Puede

Una emergencia puede medirse en cifras: personas afectadas, viviendas destruidas, comunidades incomunicadas y toneladas de ayuda necesarias. Pero detrás de cada cifra existe una historia humana y, en este caso, también una historia de solidaridad que atravesó una frontera.

Luis Bustos y la Fundación Juntos Se Puede articularon una operación humanitaria que llevó alimentos, kits de higiene, insumos y elementos de primera necesidad desde Bogotá hasta las familias afectadas por los terremotos en Venezuela

Después del doblete sísmico registrado en Venezuela el 24 de junio de 2026, Bogotá se convirtió en uno de los principales puntos de recepción de ayuda humanitaria destinada a las comunidades afectadas. La respuesta involucró a ciudadanos colombianos, venezolanos residentes en Colombia, empresas, voluntarios, organizaciones sociales y autoridades.

Entre las organizaciones que asumieron la tarea de canalizar esta solidaridad estuvo la Fundación Juntos Se Puede, que convirtió su infraestructura en Bogotá en un centro de acopio, clasificación y preparación de ayuda para posteriormente trasladarla hacia Venezuela. La Alcaldía Mayor de Bogotá incluyó oficialmente a la Fundación Juntos Se Puede entre las organizaciones habilitadas para recibir donaciones en especie destinadas a la emergencia venezolana.

Toneladas de alimentos, productos de higiene, insumos médicos, artículos para bebés, herramientas, elementos de supervivencia y otros productos comenzaron a concentrarse en Bogotá. La ayuda debía ser recibida, clasificada, empacada, transportada y finalmente entregada en Venezuela.

Cuando la solidaridad se convierte en logística

Desde los primeros días, voluntarios comenzaron a trabajar en distintos centros de acopio de Bogotá. La operación llegó a involucrar espacios como el Vive Claro, Corferias y otros puntos de recepción, donde ciudadanos de diferentes nacionalidades trabajaron en jornadas de clasificación y embalaje. La FM reportó que cientos de toneladas de alimentos, productos de higiene y otros elementos estaban siendo organizados para su posterior envío hacia Venezuela.

El trabajo no consistía simplemente en llenar cajas, los equipos debían clasificar los productos por categorías, preparar kits y organizar la carga para que, una vez saliera de Bogotá, pudiera avanzar hacia Venezuela sin tener que ser desarmada y reconstruida durante el recorrido.

Ese criterio fue uno de los elementos centrales de la estrategia, Luis Alberto Bustos Sánchez, coordinador logístico y vocero de la Fundación Juntos Se Puede, explicó públicamente que los kits eran armados técnicamente en Bogotá para que pudieran llegar directamente al sobreviviente, evitando procesos innecesarios de cargue, descargue y reorganización. La lógica era sencilla, pero exigente; lo que se recolectaba en Bogotá debía llegar organizado al lugar donde realmente se necesitaba.

El desafío que nadie veía: conseguir que las gandolas cruzaran

Detrás de cada gandola había un problema que debía resolverse antes de que el vehículo encendiera su motor, había que generar confianza. Para los transportistas colombianos no se trataba únicamente de recorrer cientos de kilómetros. La ruta implicaba atravesar la frontera internacional, cumplir procesos aduaneros y continuar por territorio venezolano hasta Caracas.

Por eso, el trabajo de Luis Bustos terminó convirtiéndose en mucho más que una coordinación de despacho. Tuvo que establecer comunicación con distintos actores de alto nivel, articular con autoridades y responsables de los procesos fronterizos, conocer cada tramo de la ruta y mantener contacto directo con los transportistas.

Pero había una condición todavía más importante, Bustos tenía que demostrar que la operación podía hacerse de manera segura y efectiva. Por eso decidió acompañar personalmente el ingreso de la primera gandola a Venezuela; la decisión tuvo un significado práctico y simbólico.

No se trataba solamente de abrir una ruta. Se trataba de decirle a los transportistas colombianos que alguien asumiría personalmente la responsabilidad de acompañar el primer recorrido; que el vehículo, el conductor y la carga tendrían acompañamiento; y que la ayuda que durante semanas había sido recolectada por miles de personas en Bogotá debía llegar a su destino.

El objetivo era que ni el vehículo, ni el conductor, ni la carga fueran puestos en riesgo y, especialmente, que la ayuda no se desviara durante el recorrido. Cada caja que había sido donada tenía un destinatario. Cada kilo tenía un propósito, la operación se construyó sobre esa premisa.

La primera gandola abrió el camino

El ingreso de la primera unidad permitió demostrar que la ruta podía funcionar, a partir de allí, la operación comenzó a tomar velocidad. Desde Bogotá salían las gandolas con los kits previamente organizados. Los vehículos avanzaban hacia Norte de Santander, llegaban a la frontera con Táchira y, después de cumplir los procedimientos correspondientes, continuaban hacia territorio venezolano.

El 15 de julio, el gobernador del Táchira, Freddy Bernal, sostuvo una reunión en la frontera de San Antonio con representantes del Seniat, Migración y la Fundación Juntos Se Puede para establecer mecanismos que facilitaran el ingreso de los donativos procedentes de Colombia. En esa reunión, las autoridades venezolanas identificaron públicamente a Luis Alberto Bustos Sánchez como coordinador logístico de la Fundación.

Según esa información oficial, las gandolas partían desde Bogotá con los donativos ya organizados y posteriormente ingresaban a Venezuela para continuar hasta el centro de acopio de la Universidad Santa María, en Caracas. El objetivo era evitar que la ayuda quedara detenida en la frontera, la operación debía mantener el ritmo.

Bogotá → frontera → Venezuela → Caracas → distribución.

Ese se convirtió en el corredor humanitario.

Una operación que unió a Colombia y Venezuela

La respuesta no fue exclusivamente venezolana. Desde Bogotá participaron colombianos y venezolanos. Personas que no conocían a las familias que recibirían la ayuda decidieron aportar alimentos, dinero, cajas, transporte o simplemente horas de trabajo.

La emergencia produjo una respuesta binacional, Noticias Caracol registró desde el inicio la participación de Juntos Se Puede en la recolección de elementos de primera necesidad y explicó que la organización estaba recibiendo alimentos, productos de higiene, insumos médicos, elementos de abrigo, artículos para niños y otros productos destinados a las comunidades afectadas.

La Alcaldía de Bogotá también reconoció a Juntos Se Puede dentro de las organizaciones que podían recibir donaciones en especie para la emergencia. Así, la operación comenzó a tener dos dimensiones.

Una era visible: las cajas, los voluntarios y las gandolas, la otra era menos visible: la coordinación institucional, la planificación de rutas, los permisos, los contactos, los conductores y la necesidad de garantizar que cada cargamento pudiera completar su recorrido.

De una gandola a una cadena humanitaria

El éxito del primer recorrido permitió que otras unidades siguieran el mismo camino, la operación terrestre se multiplicó, y Caracol Radio reportó el 27 de julio que desde Norte de Santander y Táchira se habían enviado 234 tractomulas con ayuda humanitaria y que se esperaba el despacho de otras 40 hacia La Guaira. En ese mismo reporte, Luis Bustos explicó que el objetivo era que los kits fueran preparados en Bogotá y llegaran directamente al centro de acopio en la Universidad Santa María.

La propia Fundación Juntos Se Puede ha documentado posteriormente en sus redes sociales el cierre de una fase de la operación con 28 tractomulas o gandolas y 10 vuelos humanitarios. En otra publicación de la organización se reportó la llegada a Caracas de ocho gandolas provenientes de Bogotá, con un total de 240 toneladas de ayuda humanitaria.

La dimensión de la operación demuestra que aquello que comenzó como una convocatoria de solidaridad terminó transformándose en una cadena logística sostenida.

No fue un solo envío, fueron múltiples despachos, múltiples conductores, múltiples rutas, miles de cajas y una enorme cantidad de horas de trabajo voluntario.

La importancia de que la ayuda llegara completa

En una emergencia humanitaria, transportar una donación no significa simplemente mover mercancía de un punto a otro. Significa preservar su finalidad, un alimento que sale de una caja de donaciones debe llegar a una familia, un kit de higiene debe llegar a quien lo necesita, una fórmula infantil debe llegar a un niño, un insumo médico debe llegar a un centro de atención. Por eso la logística se convirtió en uno de los elementos fundamentales de la operación de Juntos Se Puede.

La planificación buscaba reducir manipulaciones y evitar que los kits tuvieran que ser desarmados y reconstruidos durante el trayecto. Bustos lo explicó públicamente: la intención era que la carga preparada en Bogotá llegara directamente al centro de acopio en Caracas para su posterior distribución. La operación, por tanto, tenía una filosofía concreta: recolectar, organizar, transportar, entregar

Caracas: el punto de llegada

El centro de acopio de la Universidad Santa María se convirtió en uno de los principales destinos de la ayuda procedente de Colombia, allí comenzaba otra etapa: recibir, organizar y distribuir. Los voluntarios de la Fundación participaron también en ese proceso, manteniendo la conexión entre quienes habían donado en Bogotá y quienes recibían la ayuda en Venezuela.

De esta manera, Juntos Se Puede no actuó únicamente como un punto de recolección, construyó una cadena completa. Desde la persona que entregó una caja de alimentos en Bogotá hasta el voluntario que recibió la gandola en Caracas, cada parte de la operación tenía que funcionar.

Luis Bustos: el hombre detrás de la ruta

En esa cadena, el papel de Luis Bustos fue principalmente logístico, no fue simplemente quien anunció la llegada de una gandola fue quien tuvo que ayudar a construir las condiciones para que esa gandola pudiera salir hablar con diferentes actores, coordinar con autoridades, conocer los procedimientos fronterizos, mantener comunicación con los responsables en Venezuela, conocer la ruta, mantener contacto con los conductores, y especialmente, generar confianza entre quienes tenían que transportar la ayuda.

La decisión de acompañar el primer ingreso a Venezuela tuvo precisamente ese objetivo: Demostrar con hechos, demostrarle al transportista colombiano que la ruta podía hacerse, que existía coordinación, que había personas esperando la carga, que el vehículo podía continuar, que el conductor podía hacer su trabajo, y que la ayuda humanitaria podía atravesar la frontera y llegar hasta Caracas.

Para Bustos, el desafío no era solamente que las gandolas llegaran, era que llegaran con aquello que los colombianos y venezolanos habían donado porque detrás de cada caja había una persona que había decidido ayudar.

Una promesa convertida en hechos

La operación dejó una imagen que resume todo el proceso, una gandola saliendo de Bogotá, luego otra y después otra. Kilómetros de carretera separando el punto donde se recibió una donación del lugar donde finalmente sería utilizada, la Fundación Juntos Se Puede convirtió esos kilómetros en una ruta humanitaria.

La organización continúa presentando públicamente esta operación como un esfuerzo de traslado de ayuda desde Bogotá hacia Caracas para las familias afectadas por los terremotos. Y las publicaciones de la Fundación muestran el alcance que terminó adquiriendo la operación, con 28 gandolas y 10 vuelos reportados al cierre de esta fase.

Lo que comenzó con personas llevando alimentos a un centro de acopio terminó movilizando una estructura logística que cruzó una frontera internacional.

Una historia de solidaridad sin fronteras

Las gandolas no transportaron solamente alimentos.

Transportaron el resultado de miles de actos individuales de solidaridad.

Una persona que llevó una caja.

Otra que donó pañales.

Otra que entregó productos de higiene.

Otra que prestó su tiempo.

Un voluntario que trabajó durante horas clasificando mercancía.

Un conductor que aceptó recorrer la ruta.

Un funcionario que facilitó la coordinación.

Un equipo que recibió la carga en Venezuela.

Y una organización que tuvo que mantener conectados todos esos esfuerzos.

Esa es, finalmente, la historia detrás de las gandolas.

La historia de una operación que comenzó en Bogotá, atravesó la frontera y llegó hasta Caracas.

La historia de una fundación que decidió que la ayuda no podía quedarse en Colombia.

Y la historia de un equipo encabezado en la coordinación logística por Luis Bustos, que entendió que una promesa de solidaridad solo tiene verdadero valor cuando consigue convertirse en una entrega.

Porque en una emergencia humanitaria, anunciar que se va a ayudar es apenas el comienzo.

Lo verdaderamente importante es que la ayuda llegue.

Y durante semanas, desde Bogotá hasta Venezuela, la solidaridad tomó una forma concreta:

28 gandolas.

10 vuelos humanitarios.

Miles de voluntarios.

Toneladas de ayuda.

Y una ruta que logró convertir la voluntad de ayudar en hechos.

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