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𝐄𝐥 𝐌𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐍𝐨𝐬𝐨𝐭𝐫𝐨𝐬 𝐂𝐫𝐞𝐚𝐦𝐨𝐬 — Y cómo lo estamos matando

Escrito por: Elizabeth Sánchez Vegas

Toda historia de monstruos comienza igual: con algo pequeño, con algo que parecía inofensivo, con algo que prometía protegernos. Y nosotros, como el campesino de la fábula que encontró la serpiente medio muerta en la nieve, la recogimos, la calentamos contra nuestro pecho, la alimentamos con nuestra propia sangre.

«𝑬𝒍 𝒇𝒂𝒔𝒄𝒊𝒔𝒎𝒐 𝒏𝒐 𝒍𝒍𝒆𝒈𝒂 𝒂𝒏𝒖𝒏𝒄𝒊á𝒏𝒅𝒐𝒔𝒆 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒇𝒂𝒔𝒄𝒊𝒔𝒎𝒐. 𝑳𝒍𝒆𝒈𝒂 𝒑𝒓𝒐𝒎𝒆𝒕𝒊𝒆𝒏𝒅𝒐 𝒑𝒂𝒏, 𝒋𝒖𝒔𝒕𝒊𝒄𝒊𝒂 𝒚 𝒑𝒂𝒕𝒓𝒊𝒂.»

Hugo Chávez llegó con boina roja y verbo encendido.
Llegó, con el discurso del pobre contra el rico, del pueblo contra la oligarquía, de David contra Goliat.
Y Venezuela, herida por décadas de corrupción puntofijista, lo abrazó. Le abrió las puertas de Miraflores.
Le entregó el petróleo. Le confió sus hijos.

Los romanos tenían un concepto que hoy resulta profético: “Panem et circenses”, “pan y circo”….
El César, que mantenía al pueblo entretenido y saciado era intocable. Chávez lo entendió perfectamente.
Las misiones, las cadenas interminables, los petrodólares distribuidos como lluvia de verano. Hambre cero. Casa cero. Educación cero. Todo cero, excepto el poder, que era infinito.

El error que cometimos y hay que tener la honestidad de decirlo, fue creer que una democracia se sostiene sola.
Que las instituciones resisten por inercia. Que el voto emitido una vez garantiza la libertad para siempre. Nos equivocamos.
Las democracias mueren, cuando sus ciudadanos las dan por descontadas, como advirtió el politólogo Steven Levitsky al estudiar su lenta erosión en el mundo.

Y mientras discutíamos, mientras nos fragmentábamos en mil partidos y mil egos, el monstruo creció. Devoró el Tribunal Supremo. Devoró la Asamblea. Devoró las Fuerzas Armadas.
Devoró la prensa.
Y cuando quisimos reaccionar, ya llevaba veintisiete años creciendo y tenía colmillos que llegaban hasta La Habana, Pekín, Teheran y Moscú.

Para entonces, ya no era una promesa incumplida.
Era una criatura instalada en la sala de máquinas del país.

Thomas Hobbes imaginó al Leviatán como un monstruo necesario: el Estado absoluto que protege al hombre de su propia barbarie.
Lo que Hobbes, nunca imaginó, fue que el monstruo podría volverse contra quienes lo crearon.
El chavismo-madurismo, mutó de promesa populista a NarcoCleptoEstado con una velocidad, que dejó atónitos, incluso a sus propios creadores.

Hoy el régimen, es un organismo de múltiples cabezas. Una se llama corrupción.
Otra, narcotráfico. Otra, represión.
Otra, impunidad. Como la “Hidra de Lerna” que enfrentó Hércules … cada vez que le cortaba una cabeza, le brotaban dos más, pero Hércules, tenía un secreto: sabía que había que cauterizarle el cuello, antes de que regenerara.
Y ese secreto se llama resistencia organizada, constante, sin concesiones.

𝑬𝒍 𝒗𝒆𝒏𝒆𝒛𝒐𝒍𝒂𝒏𝒐 𝒅𝒆 𝒃𝒊𝒆𝒏 𝒂𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒊ó 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒕𝒂𝒓𝒅𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒈𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔 𝒆𝒏 𝒂𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒆𝒓 𝒍𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒍𝒂𝒄𝒐𝒔 𝒃𝒂𝒋𝒐 𝒆𝒍 𝒄𝒐𝒎𝒖𝒏𝒊𝒔𝒎𝒐, 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒉𝒆𝒄𝒐𝒔 𝒃𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂 𝒐𝒄𝒖𝒑𝒂𝒄𝒊ó𝒏 𝒔𝒐𝒗𝒊é𝒕𝒊𝒄𝒂, 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒐𝒓𝒆𝒂𝒏𝒐𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝒔𝒖𝒓 𝒃𝒂𝒋𝒐 𝒍𝒂 𝒅𝒊𝒄𝒕𝒂𝒅𝒖𝒓𝒂 𝒎𝒊𝒍𝒊𝒕𝒂𝒓: 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒂 𝒍𝒊𝒃𝒆𝒓𝒕𝒂𝒅 𝒏𝒐 𝒔𝒆 𝒎𝒆𝒏𝒅𝒊𝒈𝒂. 𝑺𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒕𝒓𝒖𝒚𝒆. 𝑺𝒆 𝒅𝒆𝒇𝒊𝒆𝒏𝒅𝒆. 𝑺𝒆 𝒔𝒂𝒏𝒈𝒓𝒂 𝒑𝒐𝒓 𝒆𝒍𝒍𝒂.

Y aquí comienza la otra historia.
La historia que no se cuenta suficientemente.

Hay un Venezuela que madrugó el 28 de julio de 2024 y fue a votar. Que hizo colas de horas bajo el sol de Barinas, de Maracaibo, de Petare.
Que sacó las actas, las fotografió, las contó una por una con las manos temblando de emoción y de miedo al mismo tiempo.
Más de siete millones de votos para Edmundo González Urrutia.
Un número, que el régimen no pudo esconder aunque lo intentó con toda su maquinaria de mentiras.

Y detrás de cada voto, hay una figura que cambió la historia de Venezuela para siempre.

María Corina Machado no es solo una líder política.
Es un arquetipo.
Es la encarnación de lo que los griegos llamaban areté: la excelencia del alma manifestada en acción. Perseguida, inhabilitada, amenazada, desaparecida temporalmente por los esbirros del régimen, María Corina se levantó cada vez. Caminó a pie por los pueblos del interior cuando le quitaron el transporte.
Habló desde garajes y desde casas prestadas, cuando le cerraron los auditorios. Y convirtió la persecución en palanca y el miedo ajeno en coraje propio.

Eso no se fabrica.
Eso se forja.

Hay liderazgos que administran circunstancias.
Y hay otros que las rompen.

Los imperios no caen en un día.
Cayó Roma, que imperó durante siglos.
Cayó la URSS, que dom, por décadas.
Pero en ambos casos, hay un momento exacto en que el monstruo deja de crecer y comienza a pudrirse por dentro. Ese momento, para el chavismo, fue el 28 de julio de 2024.

Porque el régimen ganó el fraude, pero perdió algo que no tiene precio y no tiene remedio: la narrativa. Hoy el poder lo ejerce Delcy Rodríguez, a quien nadie eligió, desde un palacio que no le pertenece, sobre un pueblo que no la reconoce.
El monstruo, sigue de pie, sí. Pero ya no tiene rostro legítimo que mostrarle al mundo.
Y los carroñeros, que lo sostenían comienzan a alejarse del olor, a cadáver.

La historia, conoce este patrón. Ceaucescu, pensó que el poder le duraría para siempre, hasta que la multitud que antes lo aplaudía lo abucheó en Bucarest y terminó, en el paredón, frente a un pelotón de fusilamiento en Navidad.
Pinochet, creyó que era eterno, hasta que un plebiscito, que él mismo convocó, lo derrotó.
Los monstruos, no son inmortales.
Solo parecen serlo desde adentro del miedo.
El 29 de mayo de 2026, en Ciudad de Panamá

Con la misma solemnidad, con que se firman los tratados que cambian la historia, María Corina Machado, Edmundo González Urrutia, la Plataforma Unitaria Democrática y la Alianza Con Venezuela estamparon, su firma en el llamado “Manifiesto de Panamá”.

Un documento que no es solo papel.
Es la arquitectura, de la Libertad que viene.

El Manifiesto, proclama que Venezuela, vive la hora decisiva de su historia republicana. Reivindica el mandato del 28 de julio. Propone, una negociación política firme y responsable con el régimen, para lograr elecciones libres bajo observación internacional.
Exige la liberación, de los presos políticos, el retorno de los exiliados, el desmantelamiento del aparato represivo y de los grupos armados ilegales. Y convoca, a ciudadanos, partidos, gremios, sindicatos, iglesias y universidades, dentro y fuera del país, a construir juntos un Gran Acuerdo Nacional.

Aquí está la clave que cambia todo: la oposición venezolana llegó unida a Panamá. No fragmentada.
No dividida por egos ni por cálculos electorales mezquinos.
Llegó con una sola voz, un solo documento, un solo horizonte.
Y esa unidad, esa unidad, que el régimen siempre apostó a destruir, es precisamente la estaca que le están clavando al corazón del monstruo.

«𝑳𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒏𝒔𝒊𝒄𝒊ó𝒏 𝒅𝒆𝒎𝒐𝒄𝒓á𝒕𝒊𝒄𝒂 𝒏𝒐𝒔 𝒆𝒙𝒊𝒈𝒆 𝒖𝒏𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒚 𝒗𝒊𝒔𝒊ó𝒏 𝒅𝒆 𝑬𝒔𝒕𝒂𝒅𝒐.» — 𝑴𝒂𝒏𝒊𝒇𝒊𝒆𝒔𝒕𝒐 𝒅𝒆 𝑷𝒂𝒏𝒂𝒎á, 29 𝒅𝒆 𝒎𝒂𝒚𝒐 𝒅𝒆 2026

No es casualidad que el Manifiesto respalde el Plan de Tres Fases propuesto por Washington.
El ajedrez internacional se mueve. Las piezas se alinean. Y el régimen, que durante años jugó a dividir para reinar, se encuentra hoy ante algo que no sabe cómo enfrentar: venezolanos que hablan con una sola voz, desde adentro y desde afuera, con el mundo escuchando.

Por eso Panamá importa: porque no fue una fotografía más. Fue una escena de alineación.

Este no es un artículo de esperanza ciega. Es un artículo de esperanza fundada en evidencia.

Venezuela tiene hoy una oposición unida como nunca antes en su historia.
Tiene un Presidente electo, Edmundo González Urrutia, reconocido por más de cincuenta países y legitimado por millones de actas que el régimen no pudo destruir.
Tiene a María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, viva, libre y más poderosa políticamente, que cualquier figura opositora en décadas. Tiene un Manifiesto firmado hoy mismo que traza la ruta concreta, ordenada y efectiva hacia la libertad.
Tiene una diáspora, de más de ocho millones de venezolanos, en el mundo que presionan, que votan con el bolsillo, que no olvidan y no perdonan.

Y sobre todo: tiene a los venezolanos de bien que se quedaron. Los que aguantaron el hambre y el apagón y la hiperinflación y la represión y los asesinatos de mártires y héroes … y los colectivos y la humillación.
Los que testificaron en las mesas.
Los que guardaron las actas en sus teléfonos. Los que dijeron no cuando era más fácil y más seguro, decir sí.

Ellos son los verdaderos héroes de esta historia.
Sin nombre en los titulares.
Con cicatrices, en el alma. Pero de pie.

El monstruo, que alimentamos está muriendo.
Y el Manifiesto de Panamá es, hoy, su sentencia de muerte firmada por el pueblo que nunca se rindió.

«𝑳𝒐𝒔 𝒎𝒐𝒏𝒔𝒕𝒓𝒖𝒐𝒔 𝒏𝒐 𝒔𝒐𝒃𝒓𝒆𝒗𝒊𝒗𝒆𝒏 𝒂 𝒍𝒐𝒔 𝒑𝒖𝒆𝒃𝒍𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒆𝒄𝒊𝒅𝒆𝒏 𝒅𝒆𝒋𝒂𝒓 𝒅𝒆 𝒕𝒆𝒎𝒆𝒓𝒍𝒆𝒔. 𝑽𝒆𝒏𝒆𝒛𝒖𝒆𝒍𝒂 𝒅𝒆𝒄𝒊𝒅𝒊ó. 𝒀 𝒍𝒐 𝒇𝒊𝒓𝒎ó.»

Para compartir.
Para recordar.
Para los que resisten. ·

29-05-2026

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